En recuerdo de Aurea

Lo de la Rehabilitación Psicosocial lo empezamos en 1992 con la puesta en marcha del Centro de Día de Les Corts y Sarrià-Sant Gervasi. Y desde entonces Aurea estuvo con nosotros.

Empezamos en las salas del fondo de Clos de Sant Francesc, que a media mañana ya estaban llenas de humo. Aurea no fue nunca muy de despacho (tampoco teníamos despacho al principio), y en el CD buscábamos a alguien que se ocupara de la proyección comunitaria, así que se convirtió desde el principio en nuestra agente de asuntos exteriores.

Cuando abrimos el SRC de Les Corts en Galileu, tuvo despacho. Su despacho “trapero” chocaba con el estilo austero-terapéutico que imperaba. Tenía plantitas, cajas de premios de las puntaires de Les Corts, bolsas de ropa para una recogida por un terremoto, las fotos-calendario de cada año de su hija Ainoa, todos los dípticos que el Ajuntament editaba, artículos de prensa con sus entrevistas, las hojas verdes de la agenda con detalladas anotaciones de en qué ocupaba el tiempo, carpetas recicladas llenas de mil variopintos proyectos, algunos premios de poesía visual en el armario y muchísimos posits pegados en la pantalla del ordenador.

Su despacho reflejaba su hiperactivismo: se ocupó de la Inserción Comunitaria en el Centro de Día, puso en marcha los Clubs Sociales, gestionó la Oficina de Voluntariado de Sarrià, montó obras de teatro, hizo talleres de expresión corporal, organizó las rutas gastronómicas y las costelladas en La Floresta, estaba allí cuando el Ajuntament buscaba a qué entidad adjudicar unos pisos que tenía, nos ponía a bailar, buscaba encargos para el CET, montó una asociación con entidades de discapacidad de Les Corts, nos puso a colaborar con la perrera municipal, nos llevaba a todas las festes majors y se paseaba por todos los stands de les mostres d’entitats, acudía a todas esas comisiones de l’Ajuntament que no se sabía nunca exactamente para qué eran, fue psicóloga en la residencia, nos presentaba a los alcaldes de turno, estuvo en el Espai Jove pateándose escuelas, salía en los carnavales con el club, dinamizaba los grupos de habilidades sociales y lo que llamábamos talleres de recursos comunitarios.

Pero en todos esos sitios, dentro y fuera, ella conocía a la gente y eso la entusiasmaba. En eso Aurea era única.

Cuando apareció la enfermedad aguantó con ánimo, pero cuando le dieron la larga enfermedad fue un golpe. La idea de que no volvería a trabajar era un mal presagio.

Ahora que ya no está, decimos a veces en una reunión: esto Aurea lo habría hecho de tal manera. Y las cosas las hacemos de otra forma, porque ella tenía un estilo propio y directo, que, sin ella, es imposible.

Francisco Villegas